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Existe a menudo una relación incómoda entre la iglesia y la cultura que la rodea. Considérese, por ejemplo, la complicada relación de la iglesia con la Compañía Walt Disney. Cuando yo era niño, el cine era categóricamente prohibido. Al igual que a muchos de mi generación, se me hacía difícil entender por qué era aceptable una película de Disney en la televisión pero no en el cine. Durante mis años como pastor de jóvenes los dilemas con Disney continuaron. Los estudiantes aguantaban la risa cuando veían imágenes sexuales subliminales en algunas películas de Disney mientras que los padres se aterraban de que en las mismas películas se sugirieran filosofías de la Nueva Era. Curiosamente, las películas de Disney todavía retienen un estatus de privilegio como opciones de entretenimiento “sano” en los retiros de fin de semana y en las veladas juveniles. No hace mucho, multitudes de cristianos boicoteaban a Disney por apoyar de alguna manera la homosexualidad. Ahora, muchos de esos mismos cristianos alaban a Disney por su serie de Las crónicas de Narnia.
Esta tensión continua entre la iglesia y la cultura precede los debates religiosos más recientes sobre asuntos culturales tan diversos como el calentamiento global y la inmigración, el terrorismo y los “Superbowls” televisados en la iglesia, y la Mayoría Moral y el uso del alcohol. De hecho, la Biblia nos recuerda que al pueblo de Dios siempre se le ha hecho difícil mantener la integridad de su fe en medio de culturas paganas como la de Filistea, Canaán, Samaria y Babilonia. Por un lado, los códigos de santidad de Levítico llamaban al pueblo de Dios al rechazo de la cultura y a la separación. Por el otro, Jesús daba la impresión de practicar una estrategia de involucrarse con el no creyente, de apelar a la imaginación popular (Lucas 15), y de juntarse con los de mala reputación (Lucas 7).
Las enseñanzas y el ejemplo del apóstol Pablo también reflejan una tensión entre la iglesia y la cultura. En una de las Cartas a los Corintios Pablo recomienda la separación de los incrédulos (2 Corintios 6), pero en la otra carta a esa misma comunidad se ufana de hacerse todo a todos para de alguna manera salvar a algunos (1 Corintios 9). El mismo Pablo que advirtió en contra de participar de los ídolos (1 Corintios 8), también predicó un poderoso sermón en el que utilizó la idolatría y la poesía pagana como punto de partida (Hechos 17).
Nosotros los nazareno sentimos a menudo que vivimos en el planeta Marte, porque la cultura extranjera que nos rodea nos atemoriza, nos rechaza, y nos causa perplejidad y enojo. No obstante, también reconocemos que Dios nos invita a practicar una participación cultural hospitalaria, lo cual es ciertamente una tensión difícil de manejar. ¿Qué deberá hacer la iglesia?
Primero, considérese la doctrina de la encarnación. La encarnación implica la gran disposición de Dios de abrazar una expresión cultural concreta como el medio para revelar el evangelio. En los días del apóstol Juan los teólogos gnósticos se rehusaban a aceptar que la pureza y la perfección divinas pudieran vivir y respirar dentro de un universo material. En respuesta Juan escribió acerca de un Verbo que se hizo carne en medio de la “cultura” humana (Juan 1). Más tarde, Jesús les diría a sus discípulos que los enviaba al interior de la “cultura” al igual que Él había sido enviado (Juan 17). Para Jesús, como para Juan, la revelación divina estaba engalanada con la práctica de la comunicación cultural, y no con la falsa dicotomía de, o se pelea o se huye.
Segundo, considérese la doctrina de la gracia preveniente de Juan Wesley. Wesley creía que, por la gracia de Dios, los seres humanos universalmente, en medio de la cultura percibían, aunque fuera tenuemente, la bondad de Dios y la propia necesidad subsecuente de salvación. La gracia preexistente de Dios atraía a toda persona hacia la plenitud de la salvación. A la luz de la gracia preveniente, podemos afirmar que Dios ya está operando en toda cultura, sea la occidental o la oriental, o la alta o la popular. Esta afirmación no pretende hacer de la cultura pagana un sinónimo del reino de Dios. Más bien esta afirmación solo nos anima a buscar puntos de correspondencia entre el reino y la cultura antes que quejarnos de los puntos de conflicto. En otras palabras, poder caminar por el medio del camino de un discernimiento cultural crítico, por una vía media entre el extremo de la guerra cultural fundamentalista y el de la ingenuidad cultural liberal.
Cristo nos llama a ser constructores de puentes y no de barreras. Nuestro primer asunto en la agenda deberá ser siempre escuchar, humilde y hospitalariamente, a las necesidades más profundas, y a las más altas aspiraciones de los que nos rodean. Reconocemos que Dios ya está en medio de ellos. Confesamos que Dios ya está en movimiento. Nuestra misión es ofrecer un testimonio fiel que otros puedan entender y acoger dentro del propio marco de referencia cultural.
Sería de ayuda si se considera la cultura como un tipo de medio, aunque extremadamente complejo, que comunica significado, así como medios menos complejos como la película o la televisión también lo comunican. Un sinnúmero de antropólogos culturales tiende a analizar la cultura en términos de los significados que esa cultura media a través de historias, símbolos y rituales. Con ese fin, el teorista de los medios Marshall McLuhan ha creado una serie de preguntas para los analistas de los medios que también puede adaptarse al análisis cultural. En el ejemplo que sigue me he tomado la libertad de simplificar y modificar las preguntas de McLuhan a fin de hacerlas más útiles para nuestra presente discusión:
- ¿Qué aspectos del evangelio realza e intensifica la cultura? Por ejemplo, consideremos los partidos políticos de Estados Unidos. ¿Qué aspectos del evangelio realzan o intensifican las políticas y prácticas republicanas? ¿Y qué de las políticas y prácticas demócratas? Los proponentes pueden identificar de inmediato los aspectos del evangelio dentro de su propio partido político. Los opositores no tanto. Sin embargo, si aplicamos la doctrina de la gracia preveniente a la política cultural podremos entonces percatarnos de que sí existen lo puntos de correspondencia entre el evangelio y la política de la derecha y la de la izquierda.
- ¿Qué aspectos del evangelio distorsiona y oscurece la cultura? De nuevo, considérese a los partidos políticos de Estados Unidos. ¿Qué aspectos del evangelio se dejan de lado o se oscurecen por la política y la práctica republicana? ¿Y qué de la política y la práctica demócrata? Admitimos que es más fácil identificar las faltas del “otro partido” que las de uno mismo. Sin embargo, cuando adoptamos el medio del camino del discernimiento cultural crítico, entonces se vuelve claro que la política de la derecha tanto como la de la izquierda tienden a distorsionar el evangelio en ciertos puntos en particular.
Si los partidos políticos no hacen el punto claro, entonces hay que tratar de hacerle estas preguntas a otros “medios” culturales. ¿Qué aspectos del evangelio son realzados, intensificados, distorsionados u oscurecidos por los segmentos en video que presentamos en la adoración cristiana o en los ministerios por edades? ¿Y qué de la integración de la adoración cristiana con las celebraciones patrióticas? ¿O de la afluencia con la obediencia cristiana? ¿O los deportes con el discipulado cristiano? ¿O la consejería sicológica y la fe cristiana?
El punto aquí es realmente sencillísimo: no existe una expresión cultural que sea “neutral” en cuanto al evangelio. Atrapada en la tensión entre la gracia preveniente de Dios y una creación quebrantada, cada una de las expresiones culturales tiende a reflejar el evangelio en ciertos puntos a la vez que lo oscurece en otros.
La iglesia no está en guerra con la cultura, pero tampoco puede favorecer impensadamente la cultura. Más bien, tenemos que caminar por el medio del camino, a la misma vez como críticos culturales y comunicadores culturales. Con un pie en la cultura y el otro fuera de ella. Astutos como serpientes y mansos como palomas. El significado de la encarnación en medio de la promesa de la gracia preveniente. Quizá esto fue en parte lo que el Señor Jesús tuvo en mente cuando oró que sus discípulos estuvieran en el mundo pero que no fueran del mundo, haciéndose de su forma, y hablando su lenguaje, pero señalando mas allá a un reino que no tiene fin (Juan 17).
MARK HAYSE es catedrático asociado de educación cristiana en la Universidad Nazarena de Midamérica.
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