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Del oxímoron a la ortopatía, o lo que los postmodernos saben y no saben acerca de la vida santa
Muchos pastores y predicadores se encuentran perplejos con “lo postmoderno”. ¿Está usted también confuso acerca de todo el significado teórico detrás de esa expresión? Quizá. Pero no estoy hablando acerca de la teoría sino de las personas conocidas como “postmodernas”. Fijamos metafóricamente nuestra mirada en ellos como si fueran una nueva especie en un zoológico, o visitantes de otro planeta. En un sentido, la brecha generacional nunca ha sido más amplia, y la iglesia no es inmune a las inmensas diferencias de perspectiva que esa brecha representa. Para algunos de nosotros, el cambio al postmodernismo es la cosa más emocionante que haya impactado a la iglesia en décadas. Para otros de nosotros, el postmodernismo nos resulta tan único que nos pone los pelos de punta, bien de punta. Aún para otros, el postmodernismo se ha hecho lo suficientemente presente como para hacerlo a usted un postmoderno y un pastor, uno que hable su idioma. El resto de nosotros lo vemos a usted reunirse con su grupo de postmodernos en las actividades de distrito. Estamos, pues, tratando no solo de entender cómo ministrarles a los postmodernos, sino cómo ministrar con los postmodernos (y cómo participar de la taza de café de Starbucks que usted siempre tiene en sus manos). Algunos de ustedes son parte de nuestro personal asalariado. ¡Algunos otros son nuestros pastores titulares! Y los superintendentes se rascan la cabeza preguntándose cómo integrarnos a todos.
Hay denominaciones fuera del movimiento de santidad que enfrentan muchos de los mismos desafíos, pero nuestra teología y misión, de hecho, nuestra identidad misma, gira alrededor de la proclamación de la vida santificada, llevándonos así a la interesante intersección del postmodernismo y la santidad. Cuando se yuxtaponen esas dos palabras, ¿terminamos acaso con un extraño oxímoron? Puesto de otra manera, ¿cómo marcha la “santidad” bajo el marco de referencia postmoderno? ¿Es acaso un concepto que ha agotado su utilidad, y hasta su pertinencia? A mí me gustaría pensar, y espero que todos nosotros pensemos, que la santidad es un estilo de vida que trasciende el tiempo y el espacio, que es aplicable a todas las “culturas” y que, por lo tanto, nunca dejará de ser relevante. A la misma vez, si no predicamos ni enseñamos la santidad de forma que cautive a los postmodernos—al punto de que la experimenten, se vuelvan apasionados por ella, y a su vez la prediquen y la enseñen—nuestra tradición ya no existirá para la próxima generación. Tenemos que cumplir con nuestra parte en el pase del batón. La buena noticia es que no estamos solos, puesto que el Espíritu Santo está activo y obrando, y es más que capaz de mantenernos con vida.
Una manera en la que creo que el Espíritu está ya operando para convencer a la próxima generación de ese llamado a la santidad es que, en muchas formas, los postmodernos (en este caso me refiero a los cristianos postmodernos) demuestran ciertas disposiciones, o intuiciones, que los predisponen en favor del mensaje y la experiencia. Tal cosa nosotros la reconocemos como una preparación del corazón que denominamos gracia preveniente. Solo necesitamos ajustar nuestra visión y ver al Espíritu obrando en un mayor número de lugares insospechados.
Henry Knight nos ha presentado comparaciones clave entre la consciencia de ese cristiano postmoderno y la teología wesleyana. Knight escribe: “Los wesleyanos deben apoyar este nuevo movimiento ya que los propósitos y los valores que las iglesias [postmodernas] procuran encarnar—su visión de discipulado, de iglesia y de misión—[son] altamente congruentes con los de la tradición wesleyana”.[1] Ese análisis de Knight debe tomarse en serio.. Sin duda, “Las iglesias [postmodernas] no están respondiendo a una novedad pasajera sino a un cambio cultural profundo, permanente y penetrante”.[2] Es un hecho, como Knight e incontables otros lo han sugerido, que el mundo ha cambiado permanentemente. Puede que haya algunos que se apeguen a la idea de que un regreso a la aproximación modernista es necesario para “salvar” la doctrina de la santidad, pero un esfuerzo tal resultará inevitablemente fútil. Sería equivalente a un meter nuestras cabezas teológicas en la tierra.
Y ahí es precisamente en donde algunas de las iglesias están atascadas: los modernos y los postmodernos parecen pensar marcadamente diferente, pero nuestras iglesias están llenas de ambos. Es comprensible que algunos pastores sientan que están caminando por un campo minado. En un sentido muy real, los pastores deberán hablar ambos idiomas, incluso quizá hablar dos idiomas acerca de la santidad. La buena noticia es que los postmodernos ya están intuyendo sus propias y nuevas metáforas que de por sí se entrecruzan con la esencia de la santidad. Yo he llegado a creer firmemente que es posible comunicar el mensaje de santidad a los postmodernos de maneras que transformen vidas.[3]
Permítanme prestarle atención a ciertos puntos de vista que he obtenido por medio de mi interacción con los postmodernos. Primero que nada, deseo aludir a algunas de las disposiciones a las que ya he hecho referencia—señales de que el Espíritu Santo todavía sigue preparando a las personas para que escuchen y encarnen el mensaje. Segundo, pondré atención a aspectos de la santidad que espero que los postmodernos lleguen a entender, aspectos que espero que ustedes quieran comunicarles, llevándolos así de la santidad como oxímoron, a una ortopatía acerca de la santidad—una pasión santa que los lleve a diseminar el mensaje a las generaciones venideras.[4]
Lo que los postmodernos ya saben
Jay Akkerman ha sugerido que los postmodernos resisten cualquier cosa que no sea auténtica, y sospechan de cualquier cosa que les parezca “enlatada”. Buscan experiencias religiosas que no sean compartimentadas sino que afecten la totalidad de sus vidas.[5] Eso es especialmente cierto en el contexto de la adoración. Parece que saben intuitivamente que la adoración ha de ser acerca de contar la historia de Dios en Cristo. Ello explica el que a algunas de las iglesias “puramente” postmodernas les atraigan ciertas formas del cristianismo antiguo, las cuales tienden a ser narrativas antes que altamente conceptuales. No quieren tres puntos conceptuales en el sermón, sino algo que conecte directamente con sus vidas. Encuentro que la predicación narrativa es a menudo la que mejor logra ese fin.
Los postmodernos también saben que la adoración ha de ser una experiencia integradora, que sea santa y holística. Traen sus cuerpos, mentes, emociones y sentidos al acto de adoración. Algunos son atraídos por el arte visual o por las imágenes que los llevan a significados más profundos. Cosa que también explica el que la Comunión pueda ser algo muy significativo para ellos. Apela a sus preferencias por el misterio, al sentido de la percepción (gusto) en la adoración, y a la inmediatez. Ciertamente los postmodernos conocen intuitivamente que la adoración ha de ser un medio de la gracia santificadora de Dios para ellos. Vienen esperando ser transformados.
Una de las quejas que los postmodernos tienen acerca de la iglesia es que ella no demuestra una auténtica comunidad. Si somos honestos, tendríamos que admitir que puede que estén en lo correcto. Por demasiadas décadas la santidad significó la demostración de la perfección del individuo, especialmente los domingos. Esto a menudo nos privó de la interacción de los unos con los otros a nivel genuino. Los postmodernos son comunales casi por naturaleza. Buscan lugares en los que puedan ser reales y vulnerables. Entienden intuitivamente que la santidad es social y relacional por necesidad. Si deciden quedarse con nosotros, puede que sean capaces de ayudarnos a romper con el muro de la pretensión y a encontrar la clase de honestidad radical acerca de nuestra peregrinación cristiana que Wesley una vez requería de todo el que se llamara metodista.
Yo crecí comprendiendo el sarcasmo del estribillo, “Por favor, no me envíen al África”, lo cual reflejaba el temor de que Dios me llamara a ser una misionera. Pero los postmodernos quieren realmente ir al África, ¡y quieren realmente ser misioneros! Desean que Jesucristo los use para alcanzar el mundo—algo que les resulta más fácil debido a su experiencia diaria con la diversidad. De hecho, ese deseo es tan fuerte que a veces a mis colegas y a mí nos es difícil retenerlos en la universidad: “¿Por qué tengo que esperar hasta terminar mi carrera si puedo irme a Uganda ahora mismo?”
Los postmodernos poseen un sentido intuitivo profundo de que la fe funciona; todavía más, que la fe puede ser personificada y encarnada. Esperan totalmente que cuando den sus vidas a Dios, Dios los use. En nuestra universidad, ese es el caso indistintamente de la carrera que persigan. No son solo aquellos que están llamados específicamente al ministerio ordenado los que tienen esa pasión. Si el postmoderno es algo, es apasionado; anhela algo que lo apasione. No son los calientabancas de la generación de la postguerra. Quieren realmente cambiar el mundo. Nuestra tarea consiste en dirigir esa pasión hacia una comunicación de la santidad que sea santa una vez salgan a cambiarlo.
Lo que los postmodernos necesitan saber
El problema estriba en que los postmodernos no conocen el mensaje de la santidad. Comparto la preocupación de muchos por la falta de comprensión demostrada por los postmodernos en ese sentido, incluyendo a mis estudiantes. Cuando les pregunto a estudiantes de denominaciones de santidad acerca de la doctrina de la santidad y la entera santificación, resulta claro que no han “escuchado” el mensaje. No estamos implicando necesariamente que no lo hayan escuchado desde el púlpito o en las clases de escuela dominical, pero es obvio que no han retenido de manera significativa esa clase de enseñanza.
Yo tengo una teoría del porqué: Creo que tenemos una generación completa de pastores que fueron profundamente afectados por el periodo marcadamente legalista en la historia de la tradición wesleyana de santidad. No pretendo entrar en una lección de historia del siglo 20, pero sabemos que el mundo obviamente cambió de manera dramática en la década de 1960. Para la generación emergente de la juventud de santidad de esa época, el perfeccionismo no era suficiente, por lo que muchos abandonaron la tradición. Creo que es precisamente la generación de pastores que pasaron por ese cambio, y la que nació durante el cambio, las que quizá fracasaron en dar con maneras más sanas de expresar nuestra doctrina. Ciertamente no queríamos continuar predicando el legalismo. Por eso, quizá, desistimos por completo de predicar la perfección cristiana, u optamos por términos y metáforas demasiado diferentes del lenguaje tradicional de santidad, trayendo como resultado que mis estudiantes ahora no puedan reconocer como mensaje único o distintivo lo que escucharon. Encuentro que esto es particularmente agudo en cuanto a la comprensión del pecado, la integridad y la santificación.
Es perturbador que, aparentemente, el péndulo haya ido del legalismo al cual yo me opuse—esos profundos sentimientos de culpa por uno no ser perfecto—al punto de vista pesimista respecto a la victoria sobre el pecado, y a una gran disonancia entre la fe postmoderna y el estilo de vida. Me sorprende la creencia de mis estudiantes de que el pecado es inevitable, persistente, y permanente en la vida del cristiano. Es triste que parezca que no están conscientes de que hay una manera diferente de vivir. Aun cuando yo les defina el pecado de manera wesleyana, y les explique que la victoria sobre el pecado es solo por medio de la gracia de Dios, los veo muy vacilantes, y a veces hasta me polemizan mientras trato de llevarlos más lejos. En sus momentos más privados es obvio que luchan con su falta de integridad. Ciertamente desean algo más. Yo quiero que sepan que la esclavitud al pecado no es algo inevitable.
Un aspecto del postmodernismo que ha sido criticado por los cristianos es la tendencia hacia el relativismo ético. Es cierto que algo de la moral de los postmodernos luce situacional. Pero la respuesta no es proponerles más reglas; antes, es ofrecerles las razones para uno ser bueno. Ya no basta que una figura de autoridad simplemente diga, “Obedézcanme”. Esas figuras de autoridad deberán primero probar que son dignas de confianza. Aun cuando puedan estar luchando con sus propios escogimientos éticos, los postmodernos no toleran la ambigüedad moral en aquellos que escogen seguir. Saben que la integridad importa. Más aún, tienen la necesidad de entender por qué hacen lo que hacen. Por lo tanto, mis estudiantes necesitan que se les demuestre por qué una ética cristiana es importante en sus vidas. Quiero que mis estudiantes sepan de la ética de un amor como el de Cristo. Quiero que sepan que pueden ser personas de integridad al crecer en Cristo. Quiero que sepan que sus escogimientos tienen un significado y un propósito más profundo que lo que ven en el momento. En última instancia, quiero que sepan que es la gracia lo que los ayudará a ser todo lo que Cristo quiere que sean. Quiero que sean santificados.
Permítanme confesarles algo: mi generación es la generación que ha retrocedido en cuanto a la entera santificación se refiere, o para ser más precisos, en cuanto a cómo la entera santificación se nos enseñó incorrectamente cuando éramos jóvenes. Nos retrajimos de las campañas evangelísticas continuas y de los servicios especiales y de la docena de viajes al altar que nos aseguraba que “la teníamos”. Nos retrajimos en contra de la propuesta de que la entera santificación quitaba todos los problemas, ¡especialmente si la obteníamos antes de la pubertad! Así que entiendo hondamente cómo podemos resistirnos a algunas de esas formas y fórmulas antiguas. Pero el problema es que nos estamos retrayendo de cosas que hace tiempo dejaron de existir como las conocíamos. Nos estamos retrayendo basados en nuestros propios recuerdos y en nuestras propias perturbaciones. Pero las cosas ahora no son así. Nosotros mismos nos hemos asegurado de que no lo sean.
Mis estudiantes no tienen las desventajas nuestras. Algunos no saben qué es una campaña evangelística. Algunos no saben lo que un llamado al altar está supuesto a lograr, ¡si es que alguna vez han visto uno! No entienden que, tras escuchar un cántico en particular, puede venir la convicción del Espíritu. Les pregunto, “¿En qué contexto se sienten ustedes bajo convicción?” Me miran con la vista ida. Temo que les hemos fallado por no querer imponerles lo que nosotros hemos experimentado. El problema consiste en que aunque a nosotros se nos pedía constantemente hacer esa gran decisión, a ellos no. Temo que en el proceso de nuestro retraimiento hemos fracasado en llamar a esta nueva generación postmoderna a la decisión de ser enteramente santificados.
Hay una última cosa que yo quiero que mis estudiantes sepan acerca de la santidad, y es que, en efecto, nosotros crecemos diariamente en la gracia. Que, en efecto, el proceso gradual y continuo es vitalmente importante. Que, en efecto, la santidad significa mucho más que un momento en el tiempo. Que, en efecto, ¡necesitamos predicar la santidad de manera sana! Pero, ¿creemos nosotros todavía que las decisiones que cambian la vida son cruciales, y que la decisión de rendirlo todo a Cristo sin importar el sacrificio es una decisión que le permite a Dios cambiarnos y transformarnos aún más plenamente? Puede que alguien me considere de la vieja guardia, pero creo que nuestro “distintivo” necesita encontrar el camino a los corazones de aquellos que sostienen nuestro futuro en sus manos.
[3] El contexto en el que yo trabajo es el de profesora y mentora de estudiantes universitarios. Enseño dos cursos por año sobre la santidad: uno para estudiantes de gran variedad de carreras, y otro para aquellos que van a entrar al ministerio. En el ámbito de la iglesia, por más de 10 años he enseñado la clase de escuela dominical para universitarios y profesionales, y a pequeños grupos.
[4] Aquí cabe una advertencia: Cuando empleo la palabra “saber”, mi intención es emplearla con un sentido muy hebreo, el cual va más lejos que un cuerpo de datos intelectuales, por lo tanto es mucho más holística. La teología wesleyana tiende a inclinarse marcadamente hacia ese significado hebreo. Esto puede verse a través de lo que algunos eruditos llaman indistintamente orthopathos, orthokardia y orthopraxis de los énfasis teológicos de Wesley. El énfasis no está puesto en la ortodoxia—“la correcta doctrina”—como fin en sí misma, aunque ciertamente Wesley sabía dónde estaba parado en cuanto a todo asunto doctrinal. Sin embargo, su énfasis estaba puesto en la correcta adoración a Dios, en las obras correctas de misericordia hacia otros, y en los afectos correctos de amor hacia ambos, a medida Dios cambiaba las profundidades de nuestros corazones y hasta de nuestro carácter por medio de la gracia santificadora.
[5] Jay Akkerman, conversación con Diane Leclerc. Akkerman es también co-editor de Postmodern and Wesleyan? Exploring the Boundaries and Possibilities, publicado por Beacon Hill Press de Kansas City en 2009.
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