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No puedo recordar la primera vez que recibí la Santa Cena. De hecho, son pocos los servicios de comunión que recuerdo de niño. Con todo, tengo recuerdos claros de la Santa Cena: una memoria agregada de todos los servicios de comunión en los que participé hasta bien entrado en mis 20 años. En mi experiencia, eso era así no importara en qué región de los Estados Unidos me encontrase, o quién fuera el pastor, o dónde se hubiera preparado para el ministerio. Aparte de esos factores, todos los servicios de comunión tenían tres características distintivas: eran infrecuentes, sombríos, y la lista de invitados era corta. El término “comunión trimestral” parecía establecer la máxima frecuencia antes que la mínima. Si surgía la pregunta de porqué no observábamos la Santa Cena más a menudo, la respuesta normativa era que estábamos preservando su significado. Recuerdo la mezcla de desdén y lástima que se tenía por las iglesias que celebraban semanalmente la comunión, lo que presuponía que esa práctica las condenaba a privar de “significado” la experiencia de la comunión. Nuestra tenaz determinación de participar de ella infrecuentemente servía un propósito ulterior: mantener significativa la comunión.
Mucho antes de que el órgano obtuviera tanta notoriedad en la guerra de los estilos de adoración, era el instrumento predeterminado para la música de la comunión.[1] Siempre lo tocaban lo suficientemente suave como para que casi no se notara—como si fuera la versión cristiana de la omnipresente “Muzak” de la década de 1970. Sin embargo, una descripción más fiel sería que sonaba como música de funeraria, tocada de manera que invocara un silencio impuesto, estuviera o no acompañada por un sentido de reverencia. Aparte de cualquier palabra que se hablara, era una música que creaba un tono sombrío.
Cuando se hacía la invitación a participar de los elementos, había un marcado hincapié en que no se recibieran los elementos “indignamente”. El énfasis era tan agudo que si usted hubiera discutido con la esposa o con los hijos camino a la iglesia esa mañana (o hubiera cometido alguna de las más de cien graves ofensas adicionales) se le cuestionaba si los podía tomar dignamente. Abstenerse de participar, según lo que recuerdo de esos servicios, era lo común.
No había una enseñanza en específico para que se hiciera de esa manera. Pero la similitud en todas mis experiencias era tan marcada que asumí que era la manera “nazarena” o de la “tradición de santidad” de representar un servicio de comunión: poco frecuente, sombrío, y con una corta lista de invitados.
Cuando tenía unos 25 años de edad decidí empaparme de los sermones y escritos de Juan Wesley y de las obras secundarias acerca de Wesley.[2] Fue entonces que descubrí una incongruencia extraordinaria entre la manera “nazarena” de la comunión y la de Wesley. La perspectiva de Wesley era distinta en todo sentido.
Wesley defendía la “comunión constante”, que en su caso significaba semanalmente.[3] Lejos de hacer de la comunión un evento sombrío, para Wesley frecuentemente era una celebración. Juan y Carlos Wesley compilaron una colección de “himnos para la Santa Cena”, organizada bajo seis encabezados diferentes. La letra de algunos se prestaba para un tono sombrío y reflexivo, pero la gran mayoría de los himnos era de celebración. En contraste con los 27 himnos bajo el encabezado, “Es una conmemoración de los sufrimientos y la muerte de Cristo”, 65 de los 166 himnos estaban ubicados en la sección titulada, “Es una señal y medio de gracia”, 23 en la sección titulada, “El sacramento como promesa del cielo”, y nueve eran cánticos de triunfo bajo el encabezado, “Después del sacramento”.[4]
Wesley promovía una amplia participación en la Santa Cena. A los cristianos que temían comer o beber indignamente se les advertía del peligro mucho mayor de no comer ni beber del todo.[5] Todavía más, no solo los convertidos, sino también los pecadores eran invitados a participar.[6]
¿Cómo pudieron las congregaciones que se identificaban conscientemente con la tradición wesleyana terminar percibiendo la comunión de una manera tan desviada de la de Wesley? La respuesta plena a esa pregunta es vasta, y requiere rastrear una serie de cambios en prácticas y perspectivas durante más de dos siglos. Francis Asbury fue uno de los primeros “culpables”, siendo que nunca acogió las perspectivas de Wesley sobre la Santa Cena. Con el tiempo se perdió la riqueza de los himnos eucarísticos de Wesley, y también una multitud adicional de factores.[7] Pero hay un sumario más conciso de lo que ocurrió: puesto de manera sencilla, la adoración nazarena de los servicios de comunión de mi infancia se basaba en un criterio recordacionista que no veía la comunión principalmente como un medio de gracia.[8]
Puede que algunos argumenten que una transición así no significó gran pérdida. Que quizá los puntos de vista de Wesley sobre la comunión puedan colocarse en la misma categoría que la trayectoria de sus relaciones amorosas: de interés histórico, mas no digna de emularse. Pero yo argumentaría que es de mayor importancia para nosotros recobrar la perspectiva de Wesley sobre la comunión como medio de gracia debido a que esos puntos de vista son parte integrante de sus puntos de vista acerca de la búsqueda de la vida santa. Tirar por la borda los puntos de vista de Juan Wesley sobre los medios de gracia (siendo la Santa Cena el “gran canal” entre esos medios), es quedarnos con una versión gravemente trunca de la teología de Wesley. Para Wesley, nuestra búsqueda de la vida santa era iniciada y sostenida por la gracia de Dios. Aunque Dios podía escoger la manera que deseara para extender gracia a la humanidad, había maneras específicas en las que podíamos estar seguros de que la gracia de Dios estaba activa. Eran medios de gracia que no estaban “repartidos” entre un medio de gracia preveniente, otro medio de gracia justificadora, y aún otro medio de gracia santificadora. Antes, cada uno de esos medios podía transmitir cada uno de esos “tipos” de gracia. En palabras de Wesley, “Por ´medios de gracia` yo entiendo señales externas, palabras o acciones ordenadas por Dios, y asignadas para tal fin, para servir como canales ordinarios por los cuales transmitir a los hombres gracia preventiva [preveniente], justificadora y santificadora”.[9]
A medida que los pastores y los eruditos se vuelvan más conscientes de la incongruencia entre los criterios de Wesley y la práctica típica de las iglesias que se identifican como pertenecientes a la “tradición wesleyana”, se nos presentará un inconveniente. ¿Será nuestra primera medida aumentar la frecuencia de los servicios de comunión en las congregaciones locales a fin de que nuestras prácticas comparen con las prácticas de Wesley? ¿O tendremos primero que trabajar en reintroducir el punto de vista de la comunión como un medio de gracia? No tendría que ser asunto de “una cosa o la otra”, pero pienso que el primer punto en la agenda debe ser recobrar la visión de Wesley de la comunión como medio de gracia. Concuerdo con la evaluación que hizo James White hace más de 25 años de que “instituir la celebración semanal de la eucaristía bajo el espíritu y la forma en la que se practica hoy en día … resultaría en un irremediable desastre en la mayoría de las iglesias protestantes”.[10] No se necesita “más de lo mismo”, sino una visión fresca de la comunión como un medio de gracia preveniente, justificadora, y santificadora que nutra a todo el que la tome.
Recobrar un criterio robusto de la comunión como medio de gracia abriría las puertas para que las congregaciones acojan la comunión con más frecuencia. De hecho, si nuestra perspectiva primaria sobre la comunión es que sea un medio de gracia antes que algo estrictamente de recordación, la discusión toda acerca de la comunión quedaría enmarcada en nuevas formas. Las tres características de mis experiencias tempranas de los servicios de comunión (infrecuentes, sombrías y con una corta lista de invitados) quedarían reformadas.
Si vemos la comunión principalmente como un medio de gracia, la discusión acerca de lo apropiado de su frecuencia se basaría en un conjunto muy diferente de suposiciones. Si nos aseguramos a nosotros mismos de algún medio diario de gracia (lectura de la Biblia, la oración, etc.), y de algún medio de gracia semanal (el ministerio de la Palabra, la oración pública, el compañerismo cristiano, etc.), ¿por qué no ofrecernos a nosotros mismos la comunión como medio de gracia cada semana? Es posiblemente cierto que no necesitemos 52 semanas de una observancia sombría y exageradamente penitente de la Santa Cena, pero el problema ahí es con el tono de la observancia más bien que con el sacramento mismo. El argumento de que una mayor frecuencia llevará a un menor significado, típicamente no lo manejamos con los otros componentes semanales de la adoración (oración, sermón, ofrenda, etc.). Tampoco se emplea ese argumento fuera del santuario para otras de las actividades en que participamos. Si a alguien le gusta jugar al golf, por ejemplo, ¿trataríamos de convencerlo de que solo jugara cuatro rondas por año a fin de que el golf no se volviera una aburrida e insignificante rutina? Algunas actividades podrían volverse tediosas si se practican semanalmente (por ejemplo, recordar nuestra graduación de escuela secundaria, o conmemorar la muerte de un ser querido), pero no hay que concluir que toda actividad que se repita cada semana pierde por necesidad significado. ¿Nos podemos imaginar presentar ese argumento respecto a cada actividad que traiga alegría—deportes, lectura, relaciones conyugales--, es decir, que repetirla frecuentemente la hace menos significativa? Si no representa otra cosa que conmemorar la muerte de Cristo, quizá la Santa Cena todas las semanas sea algo demasiado frecuente. Pero como medio de gracia, ¿acaso es posible que se pueda recibir con demasiada frecuencia? Wesley enmarcó así el asunto:
Dios, cuya misericordia es sobre todas su obras, y particularmente sobre los hijos de los hombres, por cuanto sabía que había solo una manera en que el ser humano podía ser feliz como Él, a saber, siendo como Él en santidad; y por cuanto sabía que no podíamos hacer nada a tales fines por nosotros mismos; por lo tanto nos ha provisto ciertos medios para obtener su ayuda. Uno es la Santa Cena, la cual, por su infinita misericordia, nos la ha provisto para ese preciso fin, para que por ese medio podamos ser asistidos en la obtención de aquellas bendiciones que ha preparado para nosotros, para que podamos obtener santidad en la tierra, y la gloria perdurable en los cielos. Entonces, pregunto, ¿por qué no aceptar su misericordia tantas veces como uno pueda? Dios ahora ofrece su bendición: ¿Por qué rehusarla? Usted tiene ahora la oportunidad de recibir su misericordia: ¿Por qué no la recibe? Usted es débil: ¿Por qué no aprovecha cada oportunidad para aumentar sus fuerzas? En una palabra, si lo consideramos como un mandato de Dios, aquel que no comulgue [reciba la comunión] tantas veces como pueda, carece de piedad; si lo consideramos como misericordia, aquel que no comulgue tantas veces como pueda, carece de sabiduría.[11]
En los primeros 20 años de existencia de nuestra denominación, el artículo de fe sobre la Santa Cena incluía la frase, “De que haya obligación de participar de los privilegios de este sacramento tantas veces como providencialmente se nos permita, no puede haber duda”.[12] Recobrar el punto de vista de Wesley de la comunión como medio de gracia nos permitirá acoger esas nuestras propias raíces nazarenas y su realce de una Santa Cena frecuente.[13]
La peculiaridad de la Santa Cena recibe una perspectiva fresca si se considera la comunión principalmente como un medio de gracia. Hay tiempos apropiados para que la comunión atraiga nuestra atención a la muerte de Cristo en la cruz, pero ese enfoque no agota todos los significados de la comunión.[14] Si el enfoque es otro significado específico (anticipación de la fiesta celestial, la comida de la unidad cristiana, la acción de gracias, etc.), el tono deberá ser moldeado por ese enfoque específico. Sin embargo, aparte del énfasis específico, si se aborda la comunión como un medio de gracia, la celebración de esa gracia en sí misma será siempre apropiada. Tanto las palabras de la institución, como la música que acompañe la repartición de los elementos, podrán rescatarse de lo sombrío, permitiendo que la comunión pueda ser realmente celebrada y no solo “observada”.
La comunión como medio de gracia ofrece el potencial de una comprensión dramáticamente diferente de a quién se invita a la mesa. Si la comunión es solo una ordenanza “confirmatoria”, entonces se le ofrecerá solo a aquellos que hayan experimentado previamente la gracia justificadora. Sin embargo, si la comunión es vista de manera más amplia, como medio de gracia, se le ofrecerá a todos los que con sinceridad busquen la gracia de Dios—estén donde estén en su peregrinaje espiritual. Wesley insistía en que la comunión era un medio de gracia preveniente, justificadora y santificadora. Por lo tanto, los no creyentes eran invitados a recibir la comunión. Wesley articuló claramente esa posición en 1740 en medio del conflicto con los moravos de Fetter Lane. La enseñanza “quietista” de los moravos decía que los medios de gracia debían ser buscados únicamente por los que no solo ya eran justificados, sino por los que también ya habían experimentado la “seguridad” de su salvación. Esa enseñanza le dolió tanto a Wesley que tuvo que dar una serie de discursos diarios sobre los medios de gracia durante toda una semana en Fetter Lane. A continuación el resumen de su diario en cuanto a lo que enseñó el último día de la serie:
Demostré ampliamente, (1) que la Santa Cena fue ordenada por Dios para ser un medio que transmitiera a los hombres tanto la gracia preventiva, como la justificadora o la santificadora, según las distintas necesidades; (2) que las personas para las que fue ordenada son todas aquellas que saben y sienten que quieren la gracia de Dios, ya sea para refrenarlos del pecado, para demostrarles sus pecados perdonados, o para renovar sus almas a la imagen de Dios; (3) que en la medida en que vengamos a su mesa, no para darle nada sino para recibir lo que Él considere mejor para nosotros, no hay una preparación previa indispensablemente necesaria, sino el deseo de recibir lo que Él desee dar; y (4) que no se requiere condición apropiada alguna en el momento de comulgar sino un sentido de nuestro estado, de nuestra extrema pecaminosidad e impotencia; y que todo aquel que sepa que es apto para el infierno, lo es también para venir a Cristo, ya sea de esta o de cualquier otra manera que Él disponga.[15]
Más de 30 años después, en una carta a John Simpson, Wesley se refirió aún más directamente al asunto de invitar al inconverso a la mesa:
¿Debe todo inconverso orar o comulgar? Sí. “Pedid, y [la fe] se os dará”. Y si usted cree que Cristo murió por pecadores culpables e impotentes, entonces coma de ese Pan y beba de esa Copa.[16]
Está claro que los puntos de vista de Wesley sobre la comunión como medio de gracia preveniente no se redujeron con los años.
Cuando leí la perspectiva de Wesley sobre la comunión, recibí una visión de un acto de adoración del que ansiaríamos participar, como opuesto a uno en el que “tuviéramos” que participar. También vi un acto de adoración al que nos acercaríamos con gran anticipación y gozo. Y dejé de ver la comunión como algo que nosotros hacíamos, bien fuera en obediencia al mandato de Cristo, o como medio para algún ambiguo fin espiritual. Se volvió en algo que Dios hace, en un medio para un fin en particular—un ofrecimiento de gracia que nos acerque a Dios, nos justifique y nos santifique. En pocas palabras, vi que la comunión es uno de los medios de Dios destinados a renovarnos a la imagen de Cristo, a hacernos santos.
Ofrezco este mensaje como un aliento más que nos mueva en la dirección de un servicio de comunión más frecuente—no solo por la frecuencia misma, sino como un esfuerzo por “reconectar el medio con el fin”.[17] Espero que podamos ser cautivados por la visión de ese maravilloso medio (de gracia) que Dios ha provisto a fin de alcanzar el objetivo que Dios persigue de renovarnos a la imagen de Cristo. La Santa Cena es más que una simple recordación. Dios realmente hace algo en nosotros cuando venimos a su mesa. En su mesa, nosotros no solo recordamos, sino que en realidad tenemos “vida y salvación, y la promesa de todas las bendiciones espirituales en Cristo”.[18]
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